
De tal forma, las habilidades para la vida están conformadas por tres categorías, la primera
categoría son las habilidades interpersonales que contemplan habilidades para la comunicación
asertiva, negociación, confianza, cooperación y empatía, la segunda categoría son las
habilidades cognitivas que implican habilidades para la solución de problemas, toma de
decisiones, pensamiento crítico, autoevaluación, análisis y comprensión de consecuencias, la
tercera categoría son las habilidades para el control emocional, aunque en la actualidad se
prefiera denominarlas como habilidades para el manejo y reconocimiento emocional ante
situaciones de estrés y sentimientos intensos, por ejemplo ira, tristeza y frustración. “Estas tres
categorías generalmente no son utilizadas de manera independiente, de modo que una misma
situación puede implicar el uso de varias habilidades de distintas categorías por lo que, cada
categoría complementa a la otra” (Mangrulkar et ál., 2001).
Las habilidades blandas son fundamentales tanto para la formación profesional como personal
del estudiante, de ahí la apología por una formación integral en los centros de educación ya que
no es suficiente con una excelente formación conceptual si la formación personal se deja de
lado pues las habilidades blandas han comenzado a ser consideradas desde hace más de una
década como indispensables para un adecuado ejercicio de la ciudadanía, respeto de los
derechos humanos y solución creativa de conflictos (Organisation for Economic Cooperation
and Development [OECD], 2015). Adicionalmente, la Organización Mundial de la Salud con
la iniciativa global para la salud escolar han reconocido las habilidades blandas como estrategia
prioritaria de promoción de salud mental (Ippolito et ál., 2003).
La formación integral del estudiante escolar requiere la enseñanza de conocimientos teóricos
y prácticos de una profesión así como, de metodologías direccionadas a fomentar autonomía
en el aprendizaje, creatividad para la solución de problemas, pensamiento crítico, compromiso
con la sociedad y persistencia ante la adversidad, es decir, una formación integral requiere tanto
la formación para el hacer como para el ser, “para aprender a aprender, para aprender a
emprender y para aprender a convivir” (Ruiz, 2007) aspectos claramente relacionados con las
habilidades blandas.
De cara a las demandas del siglo XXI, las competencias blandas, cobran un espacio protagónico
determinante para el desempeño académico, social y de la empleabilidad. De acuerdo con Cinque, “no
sólo son importantes para el éxito laboral, sino para lograr felicidad en la vida” (2015, p. 58). Con base
en reporte de estudios norteamericanos, Matus y Gutiérrez, afirman que “un 77% de los empresarios
consideran igual o más importante las habilidades blandas que las habilidades duras como pueden ser
el dominio del idioma inglés o las competencias técnicas”. (2012, p. 34).
Numerosos investigadores coinciden en que Las habilidades blandas, junto con las habilidades
cognitivas, son predictores importantes del éxito escolar y en la vida y que la promoción de estas
habilidades puede ayudar a mejorar el rendimiento académico, las oportunidades de empleo y salario y
los comportamientos saludables (Miyamoto, et ál., 2015).
La literatura también sugiere que las habilidades socio-emocionales más fuertes están correlacionadas
con los resultados positivos en el empleo. Los individuos activos y empleados tienden a tener
puntuaciones más altas en las habilidades socio-emocionales que las personas inactivas. Por una parte,
las habilidades socioemocionales juegan un papel en la búsqueda de un trabajo o el establecimiento de