
Los entornos virtuales requieren de una infraestructura tecnológica que permita implementarlas
y gestionarlas de manera adecuada para su normal funcionamiento y la satisfacción de sus
usuarios, esto implica dar prioridad a la conectividad a través de computadoras de escritorio o
portátiles, lo que no está sucediendo en América Latina, en donde la conectividad a través de
la telefonía móvil ha superado al acceso a través de computadoras en el hogar, con las que se
puede realizar más cómodamente las tareas que anteriormente se hacían de forma presencial
(CEPAL, 2020), además, el incremento del uso de las redes ha bajado su calidad. En el caso
del Perú el uso de las aplicaciones educativas esta ligeramente por encima del promedio de
américa latina alcanzando el 52.35%, Sin embargo, el índice de resiliencia digital por hogar,
que indica los hogares más preparados digitalmente para hacer frente a la pandemia es de
23.33%, 7% por debajo del promedio de américa latina (Katz et al., 2020).
Es necesario acotar que los entornos virtuales constituyen herramientas estratégicas que
facilitan el aprendizaje, la democratización del conocimiento y promueven la equidad (Reyes
Chavez & Prado Rodríguez, 2020), pero su vez, requieren que los involucrados en su uso y
administración posean los conocimientos necesarios para manejarlas adecuadamente. En ese
contexto, los profesores enfrentan un enorme desafío para educar alumnos que manejan los
recursos de la tecnología con gran destreza (Jaimes et al., 2020).
Un entorno virtual no es una copia de un salón de clases, es un espacio de interacción social
que exige sus propias demandas, en ese sentido, es un entorno que requiere contraseñas, posee
una interface gráfica, integra módulos de gestión y organización de cursos, materiales,
calendarios, actividades, evaluaciones que posibilitan la interacción entre el alumno y el
profesor (Caycho, 2019). También es considerado como un “espacio de información diseñado
para un proceso educativo, en donde se comunican los actores obedeciendo a principios
pedagógicos que orientan el desarrollo de ciertas temáticas con un propósito de aprendizaje”
(Manrique-Losada, Zapata Cárdenas & Arango Vásquez, 2020, p. 14). Están basados en la
teoría constructivista en la que el alumno crea sus propios conocimientos basándose en sus
experiencias, sin embargo para que este aprendizaje sea significativo el material debe ser
atractivo y el alumno debe tener predisposición para aprender (Palacios, 2020), (Pumisacho,
2020), (Castro, 2020), (Quishpe, 2020), (Matango, 2020), (Velásquez, 2020), (Andrango,
2020). En los entornos virtuales los profesores cumplen 4 funciones, la función pedagógica
didáctica, la función organizativa, la función orientadora y la función social, la labor docente
comprende la planificación y el diseño de las sesiones de clase, las actividades que se dan
dentro de ellas, así como el desarrollo y evaluación de estas, es un mediador entre los
contenidos, las actividades y la interacción con el fin de que los estudiantes puedan alcanzar el
conocimiento (Buenard, 2020).
Cuando hablamos de entornos virtuales nos referiremos a múltiples cosas, podemos referirnos
a realidad virtual, en la que el observador interactúa tridimensionalmente con objetos virtuales
(Rosa et al., 2020); a la realidad aumentada, que añade elementos virtuales a una escena real
enriqueciendo la percepción del observador (Tiznado-Matzner et al., 2019); a las plataformas
virtuales de aprendizaje, que disponen de un conjunto de elementos necesarios para propiciar
un aprendizaje de calidad (Manrique-Losada et al., 2020); o a las redes sociales; cuando son
usadas para realizar actividades educativas. Los entornos virtuales suelen ser usados para la
educación de niños de 3 a 5 años, para la educación primaria y para la educación superior